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AAVV - Eduardo Berti (seleccion)
Historias encontradas
Eterna Cadencia


Páginas:
Formato: 150 mm x 210 mm
Peso: 0.3 kgs.
ISBN: 978987-1673-02-5

Los cuentos que conforman esta antología provienen, en líneas generales, de tres clases de libros: en su mayor parte de novelas y relatos; en casos excepcionales, de misceláneas (florilegios) o de ensayos. Los cuentos que conforman esta antología son historias encontradas o, si se prefiere, historias semiocultas o sembradas por sus autores en el agitado mar de un texto más amplio. Algunos de estos relatos poseen una clara autonomía; otros, no tanto. En el segundo de los casos, es un lector quien ha osado recortarlos, quien ha caído en la tentación de abrir la “jaula” del libro donde estaba encerrada tal o cual historia a fin de soltarla a volar, o siendo menos dramáticos, de ponerla por un rato en primer plano. Algunos de estos relatos son invenciones de sus autores; otros son reescrituras de cuentos, o incluso de leyendas o fábulas más o menos populares en su tierra y en su tiempo. Lo segundo ocurre, por citar velozmente dos ejemplos hallables en esta antología, en los textos de Dostoievski y de Domingo F. Sarmiento. Algunos de los relatos se hacen eco de una historia mayor, del gran relato que los contiene (remedándolo con variantes y en miniatura), otros son independientes o únicamente ilustrativos de un momento o un detalle en particular. Ambas prácticas existen, por cierto, desde hace siglos. Las “novelas” que componen el Quijote, las muchas digresiones narrativas que hay en Sterne o en Fielding son, por lo común, independientes del relato mayor. Un paradigma de lo opuesto, o sea, del relato “especular” que reproduce o refleja a pequeña escala el relato mayor que lo enmarca, es una historia que Henry James “incrusta” dentro de su novela breve Un episodio internacional; la novela cuenta, en dos grandes actos, la historia de unos ingleses que visitan los Estados Unidos y, luego, la visita recíproca que les hacen dos norteamericanas; en la exacta mitad del libro, al inicio del segundo acto, las dos mujeres se hallan recién llegadas a Londres y una (Bestie Alden) le cuenta a la otra, que es su hermana, una historia ilustrativa que se hace eco de la trama de la novela: El duque de Green-Erin viaja a Nueva York, donde es recibido a las mil maravillas por los Butterworth, quienes le ofrecen “docenas de bailes y agasajos”; sin embargo, dos años más tarde el señor y la señora Butterworth viajan a Londres, visitan al duque, le dejan una tarjeta y no obtienen respuesta alguna. Ya están ofendidos con su descortesía cuando, un día en las carreras, se encuentran cara a cara con él. El duque los observa por un rato. Luego se aproxima al señor Butterworth, saca algo del un bolsillo (es un billete) y dice, impertérrito: “Me alegra verlo, señor Butterworth, así puedo pagarle las diez libras que le debo de Nueva York. Aquí las tiene. Adiós, señor Butterworth.” Diversos historiadores o teóricos del cuento han señalado ya que el género, antes de emanciparse, dio algunos de sus primeros pasos bajo la forma, precisamente, de digresiones coherentes y autónomas. Sin embargo, huelga decir que el desarrollo del cuerpo propiamente dicho no marcó el eclipse, en absoluto, de esta práctica. Muy al contrario. Prueba de ello son los textos acá compilados, procedentes de épocas, tradiciones y sensibilidades de las más variadas. Cada historia encierra otras historias. Como muñecas rusas, las novelas o los cuentos que más hemos disfrutado podrían haberse prolongado de manera casi infinita; solo que el narrador, nunca más afín a un escultor, tomó la decisión de fijar límites, se vio obligado a hacer recortes. Al mismo tiempo, no obstante, los narradores saben o presienten que, como decía Bioy Casares, por las digresiones penetra la vida. No es de extrañar, en consecuencia, que de ciertos monumentos literarios nos quede, pasado un tiempo, la memoria de tal o cual relato digresivo, más que un recuerdo integral. La jerarquía de ciertos libros, de ciertas novelas, puede detectarse no solo por el brillo innegable de su historia central, sino también por el atractivo de sus “materiales de segundo plano”, de sus “historias menores”. Así se explica, claro está, que los textos de la presente antología correspondan mayoritariamente a las novelas y autores de gran calidad.

Historias encontradas

$5.300
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ISBN: 978987-1673-02-5

Los cuentos que conforman esta antología provienen, en líneas generales, de tres clases de libros: en su mayor parte de novelas y relatos; en casos excepcionales, de misceláneas (florilegios) o de ensayos. Los cuentos que conforman esta antología son historias encontradas o, si se prefiere, historias semiocultas o sembradas por sus autores en el agitado mar de un texto más amplio. Algunos de estos relatos poseen una clara autonomía; otros, no tanto. En el segundo de los casos, es un lector quien ha osado recortarlos, quien ha caído en la tentación de abrir la “jaula” del libro donde estaba encerrada tal o cual historia a fin de soltarla a volar, o siendo menos dramáticos, de ponerla por un rato en primer plano. Algunos de estos relatos son invenciones de sus autores; otros son reescrituras de cuentos, o incluso de leyendas o fábulas más o menos populares en su tierra y en su tiempo. Lo segundo ocurre, por citar velozmente dos ejemplos hallables en esta antología, en los textos de Dostoievski y de Domingo F. Sarmiento. Algunos de los relatos se hacen eco de una historia mayor, del gran relato que los contiene (remedándolo con variantes y en miniatura), otros son independientes o únicamente ilustrativos de un momento o un detalle en particular. Ambas prácticas existen, por cierto, desde hace siglos. Las “novelas” que componen el Quijote, las muchas digresiones narrativas que hay en Sterne o en Fielding son, por lo común, independientes del relato mayor. Un paradigma de lo opuesto, o sea, del relato “especular” que reproduce o refleja a pequeña escala el relato mayor que lo enmarca, es una historia que Henry James “incrusta” dentro de su novela breve Un episodio internacional; la novela cuenta, en dos grandes actos, la historia de unos ingleses que visitan los Estados Unidos y, luego, la visita recíproca que les hacen dos norteamericanas; en la exacta mitad del libro, al inicio del segundo acto, las dos mujeres se hallan recién llegadas a Londres y una (Bestie Alden) le cuenta a la otra, que es su hermana, una historia ilustrativa que se hace eco de la trama de la novela: El duque de Green-Erin viaja a Nueva York, donde es recibido a las mil maravillas por los Butterworth, quienes le ofrecen “docenas de bailes y agasajos”; sin embargo, dos años más tarde el señor y la señora Butterworth viajan a Londres, visitan al duque, le dejan una tarjeta y no obtienen respuesta alguna. Ya están ofendidos con su descortesía cuando, un día en las carreras, se encuentran cara a cara con él. El duque los observa por un rato. Luego se aproxima al señor Butterworth, saca algo del un bolsillo (es un billete) y dice, impertérrito: “Me alegra verlo, señor Butterworth, así puedo pagarle las diez libras que le debo de Nueva York. Aquí las tiene. Adiós, señor Butterworth.” Diversos historiadores o teóricos del cuento han señalado ya que el género, antes de emanciparse, dio algunos de sus primeros pasos bajo la forma, precisamente, de digresiones coherentes y autónomas. Sin embargo, huelga decir que el desarrollo del cuerpo propiamente dicho no marcó el eclipse, en absoluto, de esta práctica. Muy al contrario. Prueba de ello son los textos acá compilados, procedentes de épocas, tradiciones y sensibilidades de las más variadas. Cada historia encierra otras historias. Como muñecas rusas, las novelas o los cuentos que más hemos disfrutado podrían haberse prolongado de manera casi infinita; solo que el narrador, nunca más afín a un escultor, tomó la decisión de fijar límites, se vio obligado a hacer recortes. Al mismo tiempo, no obstante, los narradores saben o presienten que, como decía Bioy Casares, por las digresiones penetra la vida. No es de extrañar, en consecuencia, que de ciertos monumentos literarios nos quede, pasado un tiempo, la memoria de tal o cual relato digresivo, más que un recuerdo integral. La jerarquía de ciertos libros, de ciertas novelas, puede detectarse no solo por el brillo innegable de su historia central, sino también por el atractivo de sus “materiales de segundo plano”, de sus “historias menores”. Así se explica, claro está, que los textos de la presente antología correspondan mayoritariamente a las novelas y autores de gran calidad.